La Restauración de la independencia de la República Dominicana

Este 16 de agosto conmemoramos con regocijo 156 años de la Restauración de la República, tras haberse perdido la joven independencia conquistada a partir de la gesta de la noche del 27 de febrero de 1844. Los intereses nacionales fueron socavados y relegados por los intereses particulares, concebidos por individuos maquiavélicos y antipatrióticos como el general Pedro Santana. Se hizo imperativo que el ardor patrio recuperara el orden independentista conquistado con los ideales trinitarios. 

El memorable grito de Capotillo del 16 de agosto del 1863 fue el grito ensordecedor de la doncella patria dominicana que reclamaba en silencio el regreso a sus días de independencia, un grito que en sus patriotas rugió más fuerte que el agazapado “soberbio león” quien se vio compelido a emprender la huida ante las huestes dominicanas presididas por el “cruzado pendón” como rezan las solemnes notas de nuestro glorioso himno nacional. 

La guerra Restauradora, liderada por el general Gregorio Luperón se extendió por 19 largos meses, matizados por la lucha férrea de nuestros patriotas, hasta que el 3 de marzo de 1865 el gobierno español emitió el “Real decreto” que anuló el pacto de la anexión y determinó el abandono inmediato por parte de España del territorio dominicano, iniciándose con este magno evento el periodo que se conoce como la segunda república que duraría hasta la intervención estadounidense del 1916. 

Los pueblos que desconocen su historia están condenados irremediablemente a repetirla, pues una lección no aprendida es una lección que deberá ser repetida. Celebrar la Restauración de nuestra independencia es rememorar y reflexionar en manos de qué tipo de autoridades estamos dejando los intereses de la Patria. Se debe aprender y a tratar la historia nacional como una crónica preclara del futuro que nos aguarda como nación. Los gobernantes son administradores de la “cosa” pública y hoy más que nunca se hace necesario que cada dominicano sea consciente de su papel en la restauración y el restablecimiento de los valores patrios consagrados por nuestros padres fundadores, en palabras de nuestro padre fundador Juan Pablo Duarte y Diez: Nunca me fue tan necesario como hoy el tener salud, corazón y juicio; hoy que hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la Patria”. A lo que podemos añadir las célebres palabras del General Gregorio Luperón: “Si no hay jóvenes con vocación de patria, entonces ésta languidece hasta morir, sin más gloria que la historia del parto. Los padres tienen el deber moral de educar a sus hijos en el amor patrio”. 

Lic. Paul Rodríguez. MA

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